domingo 28 de agosto de 2011

Me despierto flotando. La superficie en la que dormía tiene una forma nueva. Lo mismo mis vértebras. El cuerpo se hizo de una postura nueva. Contrario a verme presa o confundida, me despierto adaptada y tranquila. El mundo cambió de forma también. Los costados que me contenían se fueron lejos y son como islas, la base es el océano infinito. La luz y el calor del sol me tocan el cuerpo, abro las piernas y los brazos como nadando al revés, el sol naturalmente me llega a todos los conductos secretos del organismo. ¿Qué son todos estos líquidos nuevos? La sangre debe haber cambiado. Veo la musculatura, toco la carne viva. Desde allá atrás donde se ven los árboles viene una brisa con olor a pino y flores. Pájaros del tamaño de las mariposas vienen hasta la colchoneta y se paran arriba mío, cantan ruidos y acordes. Imagino la costa como una franja de arena blanca y el río, y un hombre en el agua con un caballo. El hombre se sube al caballo y empieza a galoparen cámara lenta. Hay unos lilas atrás que quizás sean flores. El caballo levanta miles de gotas de agua a cada paso, las gotas saltan y algunas se estallan contra la piel del animal y le mojan el pelaje y siento olor a barro de humus fresco. Con cada pisada los camalotes se balancean como meciéndose en colchonetas protectoras, ninguno se da vuelta. Por abajo del agua marrón miro el vaivén de las raíces, las micro partículas de vida que aparecen porque las cosas se mueven y se juntan con otras. Entre medio pasan pescados re chiquitos, muchos y rápido, que en un soplo de la brisa del pinar atraviesan el océano y llegan hasta mis manos que no flotan. Con un solo movimiento simétrico las elevo en forma de recipientes y, al salir del agua, los peces se adhieren a mi piel y nacen ramas de esa mezcla.